viernes, 9 de diciembre de 2016

Un libreta



Hace unos días, un poco sin querer, me reencontré con una libreta que daba por perdida.  En ella, en mis últimos años de instituto, a modo de diario, escribí lo que fue mi última etapa creativa, ya que desde entonces, mi producción, por llamarlo de alguna manera, quedó seriamente mermada.

La cuestión es que al volver a leer sus páginas me he reencontrado con pensamientos de entonces y poesía, mucha poesía. Una parte importante recogida de libros que pasaron por mis manos en esa época. Para que os hagáis una idea, autores como Cesare Pavese, Mario Benedetti, César Vallejo y Roque Dalton. Y otra mucha de mi propia creación.

Es evidente que con tanto traslado existe la posibilidad que al final quede abandonada en algún piso o extraviada en un camión de transporte. Por lo que he decidido transcribir parte de esa obra.

Las obras no tienen por que ser cronológicas, eso sí, forman parte de mi escritura entre los años 1999 y 2003 

No las he puesto todas, quizás más adelante.

El primer animal

Hablando de tanta revolución
se nos llena la baca de escarabajos,
tantos negros, como peloteros,
y con el paso del tiempo
somos viles camaleones
forjando una nueva vida,
llena de mareas y cangrejos.

©  David Peña Pardo

Esto no es un réquiem

Roque me enseñó como
             hablar al caracol y 
                  a la tortuga.
Tristemente no me puedo enseñar
              como parar la bala....
              .... del propio hermano cazador. 

© David Peña Pardo


Petición

Juventud del mundo, no duermas
¡despierta!
tienes que ser vigorosa y vital, 
como lava de rebeldía, 
inundar nuestro corazón,
de inquietud y deseo.

No te duermas juventud -divino tesoro-
¡despierta!
Llena la tristeza del anciano despojado,
de vivencias, de tu calor humano,
no te duermas,
¡despierta!

Que lástima ver semejantes,
con arrugas,
       viejas arrugas,
en su espíritu, 
        ya agotado, 
acostumbrado y cabizbajo. 
¡despierta!

Juventud despierta, yo te necesito,
correo por mis venas cual dragón,
revíveme,
¡envejecer mi ser no quiere! 

© David Peña Pardo

Cementerio de ausencia

Te tengo,
como una losa sobre mi cuerpo,
    que me oprime
            con su mortal peso.
Mientras me pudro,
te veo a lo lejos,
     ni te inmutas, 
          ni te exaltas.

Los bichejos se ríen de mi
       a la vez que me devoran.

Poco a poco
       en la tierra me disuelvo,
  formo parte de otros seres,
        otros que me recogen,
  otros
         que de mi toman vida,
                                        resucitan.

Ya roto está mi mástil,
destruido, hecho añicos,
por tu ego, tu ser.

Mi buque,
     se dirige hacia el abismo,
           gris capitán intenta salvarlo,

En la travesía
    diviso los mismo naúfragos,
         que antaño
             eran mi destino,
                        mi vida.

© David Peña Pardo

domingo, 18 de septiembre de 2016

La primera vez



Los cómics estaban ahí, cómo todos los días. La sala era rectangular. Con estanterías en todas las parades, con varias plantas. Los ejemplares se encontraban ordenados por autores e historias. La primera vez que fuí, con mi hermano mediano, aunque por entonces era sólo mi hermano pequeño, estaba perdido, no me interesaba para nada estar allí. Tenía pavor al aburrimiento. Sólo había tenido un tímido encuentro con ellos, en una breve excursión matutina a una pequeña feria de muestras, en una estación de tren, que aprovechaba sus instalaciones para las paradas de libros infantiles y juveniles. "Les aventures extraordinàries d'en Massagran", ha sido quizás el primer cómic que vi, o al menos eso creo. En casa no tenía ninguno. Al volver del trabajo, una vez mi padre trajo uno, era de superheroes. De segunda mano. Lo miré, que no es lo mismo que leer, varias veces, sin demasiado entusiasmo. En la pequeña biblioteca indagé en busca de alguno, sin demasiada letra. En uno de ellos aparecía un vaquero del oeste, sobre un caballo blanco, se trataba de "Lucky Luck".  Lo empecé a mirar, a chafardear, pasando páginas de dos en dos o de tres en tres.  Ese día, seguramente los cómics no conseguirieron calar mucho en mi.

 El mundo de las letras, por llamarlo de alguna manera, tuvo la suerte de que mi madre era testaruda, y quería transmitir su pasión por la lectura, a sus hijos. Nos continuó llevando los sábados, y los días de cada día, cuando era vacaciones, a aquella pequeña biblioteca.  La letras ya no eran simples adornos de los dibujos. Contaban una historia que añadía encanto y diversión a las aventuras que narraban los trazos y los colores. "Están locos estos romanos" , leí en un parrafo en una viñeta, de un volumen blanco, firmado por dos escritores, con apellido raro. René Goscinny y Albert Uderzo. Se trataba de "Astérix el Galo"

Las relaciones de amor pueden empezar de manera calmada, con el roce, o cómo un rayo. La nuestra fue de las segundas. No podía parar de leerlos, que ya no era sólo viendo.

Derechos texto | David Peña Pardo ©
Derechos Imagen | Flickr

martes, 8 de marzo de 2016

Hamburguesa con patatas y refresco




No, yo no me avergüenzo, antes sí pero ahora no. Todo empezó el día aquel que fui a una librería en el centro. Me calcé mis zapatos, que algunos consideraban ortopédicos, mi pantalones de pana que combinaban a la perfección con un jersey de punto, regalo de mi suegra, todo ello aliñado con una magnífica gabardina y una bufanda de colores apagados. Aunque tengo carné de conducir hace años que no tengo coche, es un gasto inútil. Además, desde el día que un policía de tráfico imbécil me trató como un adolescente que ha cogido su primera borrachera, aunque sólo había sobrepasado ligeramente un ceda al paso, se me quitaron las ganas de conducir y mezclarme en esa vorágine que es la carretera. Llegué a la estación con mi anacrónico periódico bajo la axila y mi tarjeta en la mano. Hacía unos días que habían acabado las clases en el instituto, el despacho ya estaba cerrado con llave y todos los profesores se habían desperdigado por los teatros, museos y hoteles del continente. El vagón estaba a rebosar de turistas que claramente no sabían en que lado del océano atlántico estaban, ya que muchos llevaban sobre su cabeza amplios sombreros mexicanos. No les presté demasiada atención, me sumergí en la sección cultural del diario, que hablaba de las últimas novedades editoriales, de autores para adolescentes. Al final, acabé en la sección de clásicos, que cada cierto tiempo reeditaban. Una vez llegué a mi parada y salí a la calle, el sol de finales de año me acarició el rostro y yo lo agradecí. Al entrar en la librería, que estaba a rebosar, seguramente por las compras de navidad, disimulé mi destino final, consultando las secciones de filosofía, sociología, para, al fin, llegar a la sección de novedades. Revise cada una de las obras, mis ojos escrutaban las portadas de los libros expuestos en las mesas, y los lomos de los de las estanterías. Nada, el autor que buscaba no estaba allí, ni un sola obra, y eso que llevaba cuarenta años escribiendo y tenía a sus espaldas más de cincuenta obras, todas superventas. No tuve más remedio que dirigirme al mostrador y hablar con una de las dependientas. Esta llevaba gafas, con pelo castaño y delgada, no debía tener más de cincuenta años y sufría de una ligera alopecia femenina. Le pregunte:

- Disculpe, estoy buscando libros, si pueden ser los primeros de su carrera, de Esteban Rey.

Entonces me lanzó una mirada inquisidora y me dijo:

- No solemos tener obras de ese autor. Creo que ahora mismo sólo tenemos su última novela. ¡Ah! También el libro “Entretanto creo”

- Genial, le dije.

- Pero no es una novela si no una autobiografía – me dijo con cierta sorna.

En ese mismo momento recordé el incidente con el agente de la ley, de hace un tiempo. Sentía que la trabajadora me recriminaba con su tono y gestos faciales, que una persona de mi edad y aspecto pueda ser lector de un escritor de literatura basura como ése. Me sentí ciertamente abrumado y algo desconcertado.

-Sí, lo sé. -le dije- ¿Me lo puede enseñar?

Soltó un suspiro, se levanto y me indico que la siguiese.

Llegamos hasta una sección detrás de una columna, sin mesa y con una pequeña estantería, apenas visible desde la mayoría de los ángulos del local. Con sus finas y ya algo arrugadas manos revisó los volúmenes, hasta que soltó:

- Mire, aquí están ambas obras. Adiós

En unos segundos había vuelto a su puesto tras la computadora, abstraída en sus quehaceres diarios.
Uno de ellos era su última novela. Según la crítica no era una de sus mejoras obras. Al revisar la otra me di cuenta que era de otro autor, con el mismo apellido, pero diferente nombre.

Decepcionado salí a la calle, dejando atrás los escaparates con las últimas novedades en la literatura existencial, la poesía simbólica y la prosa decadente. Seguí paseando, llegué hasta las ramblas, desde allí caminé sin rumbo fijo. Al pasar cierto tiempo, quizás una hora, mis pies me llevaron junto a un centro comercial, de varias plantas. La principal albergaba diferentes bares y restaurantes, y en el fondo unas escaleras mecánicas daban acceso al resto de pisos. No tenía mucho que hacer, y tenía algo de hambre. Tomé un café y un tostada con mantequilla, en un pequeño bar, mientras el espectáculo de las compras navideñas amenizaban mi desayuno.

Subí hasta la planta de la librería. Allí todo estaba organizado de manera muy diferente a su homónima del centro. El local era mucho más grande, las mesas eran más bajas, muy similares en aspecto a los palés de un almacén, justo encima las obras se apilaban en varios niveles. Todo era muy caótico, pero, al poco, vi una gran cartel con la foto del autor que buscaba. Esgrimía una esperpéntica sonrisa, más parecida a la de un psicópata que a la de un garante de la cultura. Mientras me acercaba hordas de compradores compulsivos, con sus llamativas bolsas de colores, me bloqueaban el camino. Con paciencia y tras sufrir codazos y pisotones, conseguí plantarme junto a una de las pirámides. Allí estaban las obras que buscaba, la primera que publicó, allá, por los años setenta, mientras vivía en un caravana, con su mujer también escritora, apunto de estar en la indigencia. Trataba sobre una adolescente, con incipientes poderes paranormales, con una madre alcohólica y que sufría acoso escolar. Cogí este, junto a otro de la misma época. El personaje principal era un hombre que sufría un accidente de tráfico y quedaba en coma. Cuando despierta se da cuenta que tiene poderes, concretamente de premonición, ve el futuro.

Pagué la cuenta y me marché, con cierta sensación de agobio, por la multitud enloquecida. Los ojeé en el tren, eran increíblemente adictivos. El propio autor se definía como la versión literaria de una famosa cadena de comida rápida.

Llegué al barrio residencial de las afueras, donde vivía. Cerré la puerta tras de mi. Me senté en mi viejo sillón y abrí el apetito, seguí por los entremeses, degusté los platos fuertes, y en lo que pasó el fin de semana, ya me había leído ambas obras. Con una gran satisfacción, encendí la cadena de música y sonaron, primero Miles Davis y después Charly Parker. Geniales acompañantes, como las patatas fritas y el refresco de una deliciosa hamburguesa.

David Peña Pardo ©

lunes, 28 de diciembre de 2015

Vacaciones


Los pitidos de los autos y de las gaviotas resultaban una combinación extraña en mis oídos. Por suerte ésa misma tarde el departamento de facturación había cerrado. Sus tremendas máquinas de impresión le destrozaban el oído a uno. Eso sí, hacían muy buena combinación con el ejército de empleados casposos que les hacían compañía. La hoja de proyectos estaba casi lista y sólo falta rellenar la última fila y ya me podía ir a casa, esperar al autobús y voilà, de vacaciones. Había sido un semestre muy intenso, al final nuestro departamento fue uno de los más beneficiados en los presupuestos y pudimos asumir la mayoría del trabajo de nuestra área. Me había librado de pasarme las mañanas como un sonámbulo de aquí para allá, por las calles y avenidas de ésta mediocre capital de provincias, buscando un futuro trabajo inexistente, cual oasis en un inmenso desierto.

El aire acondicionado ya no funcionaba. Vale, no era toda la verdad, lo cierto es que era de los últimos trabajadores en irme de vacaciones, y como ya no queda ningún jefe de departamento, habían decidido que para los cuatro gatos de informática que quedábamos, no hacía falta encenderlo. Que gente más maja oiga. Al menos pude ocupar una mesa mejor con mi portátil. El escritorio era de Sara, la secretaria de Antonio, el encargado de los frikis del pingüino, tal y como nos llamaban, por dedicarnos al sistema operativo que tenía como símbolo precisamente eso, un pingüino. La otra mascota era un Ñu, seguramente no habían encontrado eso muy gracioso o bien ni sabían que existía, así que mejor. La cuestión es que desde el sitio de la tacones había muy buena vistas. Me ponía los dientes largos viendo las pequeñas embarcaciones y los veleros en el puerto. Muchos de ellos tripulados por simpáticos charlatanes egocéntricos, que habían abandonado sus torres de marfil empresariales, a merced de sus acólitos. El trabajo ya estaba listo. Después de muchos días de sesudas meditaciones, puestas en común con otros compañeros, horas de insomnio y mucho, mucho té helado, había finalizado el proyecto. Sólo falta compilarlo, subirlo a producción y listo. El proceso tenía que durar varias horas, así que decidí salir a tomar el aire, tomar un refresco y fumar un pitillo.

Antes de eso agarré un mustio croissant que tenía de hace una semana en un cajón, le di un mordisco, sentí un crack, y lo dejé caer sobre la mesa. Estaba como una piedra, de poco no me rompo un diente. El teclado se había quedado lleno de pequeños trozos de éste. El equipo de limpieza también estaba de vacaciones. Me dio mucha pereza y dejé los trozos justo donde estaban. Fui hacia la puerta y bajé las escaleras. Charlé un rato con el tipo de recepción, que también tenía que pasar los días de agosto, encerrado en el mismo horno que yo. Siempre me hablaba de fútbol, se ponía muy pesado, pero me caía bien. Yo asentía con la cabeza, aunque hacía rato que había desconectado. Me despedí y marché hasta la avenida. Compré otro paquete de cigarrillos en un pequeño puesto, junto a las garitas de la aduana. Justo encendí otro piti y miré hacia las oficinas. La única ventana abierta era la que estaba junto a la mesa, donde estaba trabajando provisionalmente. Me había parecido ver algo blanco que salía volando de ella, pero no estaba seguro. Seguí paseando, el sol sucumbía tras las aguas, por entonces me di cuenta que ya había pasado tiempo suficiente y la compilación, seguramente, había finalizado. Al llegar a la planta, el calor bochornoso se seguía notando, me acerqué a la mesa y justo miré al teclado vi una manchas blancas, que olían muy mal, espesas, algunas teclas habían saltado, eché un vistazo al suelo y las vi desperdigadas. Sentí el terror, en la pantalla había aparecido un error grave. El maldito pájaro, seguramente una puñetera gaviota, todavía había plumas sobre la mesa, viendo los migajas rancias del croissant, había destrozado el teclado y fastidiado la compilación. Pero eso no fue lo más grave, lo había perdido todo, el equipo no arrancaba, el mensaje de kernel panic se reía de mí.

El sudor me corría por la frente, las manos me temblaban, agarré un cigarro y casi me puse a vomitar. ¿Qué podía hacer? Encendí el ordenador de la secretaria, tenía un equipo mucho mejor que el mío, y encima sólo lo usaba para chatear y escribir cuatro textos. Por suerte, tenía una réplica del proyecto en un repositorio Gitlab, ubicado en nuestros servidores, en la central. Tenía una oportunidad. Cree una máquina virtual con VirtualBox, monté un sistema Debian, con el codename de Toy Story de turno, instalé todos los programas, cloné el proyecto, y ahora sólo me faltaba compilar, subir a producción, mandar a la mierda la oficina y pirarme por fin. Pero amigos míos, cuando trabajas con un equipo que tiene un sistema de ventanitas azules, no hay final feliz que valga. Sin venir a cuento apareció un mensaje, enviado por el mismísimo Lucifer, que rezaba: “Instalando actualizaciones. No apague el equipo” No me lo podía creer. Esto sólo me podía pasar a mí. Marché hacia el baño, con la idea de llorar, pero no, yo no era así. Golpeé los azulejos de flores con todas mis fuerzas. Estaba harto. Abrí el grifo y eché agua sobre mi rostro, me relaje y lancé todas mis ganas al monte. Volví al escritorio. El circulito daba vueltas sin parar. Cerré los ojos, recé, no, no a ningún dios ahí fuera que me pudiese escuchar, lo hice pensando en la muchacha ficticia que algún día conocería y que me apartaría de éste maldito mundo de bytes, personajes de camisetas idiotas y capullos con corbata, que no tenían ni idea, pero siempre les tenías que dar la razón. Los abrí, ¡aleluya!, había vuelto todo a su sitio. Ya podía iniciar el proceso.

La luna se reflejaba junto a los botes de los pescadores. La playa ya no existía, la marea se había adueñado de las arenas. Algunas luces, de los barcos más grandes, los yates, se veían a lo lejos. Aunque lejana, la música me hacía pensar en lo curioso de la situación. La última pieza del puzle, el actor que aparecía al final de la obra, al final del flow, tenía que estar aquí, asimilando ésta situación inverosímil. Mientras, los reyes y las reinas, las torres y los alfiles se divertían sobre una embarcación carísima. El peón, al final, es quien decidía la partida. Bajé otra vez al paseo y llegué hasta el boulevard. Compré una pack de cervezas y un durum mixto con picante. Me senté en un banco del puerto, me tumbé, mientras abría una de las latas, daba grandes bocados a mi bocadillo enrollado. La noche estaba estrellada, Venus me observaba, mientras, de reojo, Marte, me recriminaba quitarle la atención a su amada atormentada. Subí las escaleras, el amigo de la puerta ya se había marchado, y sólo quedaba yo y el sistema de video vigilancia. Llegué otra vez al escritorio. El porcentaje estaba al 99 % todo se había arreglado. Me dije, chavalote, te lo has currado.

Un pitido horrible me despertó de la ilusión de un dulce final para ésta historia. Era el despertador que me avisaba que era hora de levantarse. El mono fosforito de trabajo me esperaba en el galán. Por fin había conseguido subir a un barco en el puerto, de hecho todos los días lo hacía. Pero no como esperaba. Llevaba varios meses trabajando de grumete es un pesquero. Mi vida de informático pasó la historia cuando el proyecto, justo al final, mostró un error de compilación. Atónito y cansado, mandé todo al carajo, me marché de vacaciones, y me dije, seguro que el proyecto no es tan importante. El resultado es que días más tarde me hicieron volver, descubrieron que había utilizado el computador de la secretaria y que no había acabado mi último proyecto. Ahora otro pringao prescindible hacía mi trabajo. Mientras, desde el otro lado, sobre el pesquero, divisaba a los lejos unos extraños edificios, con grandes ventanales, en la costa, entretanto yo compartía el mismo mar con los que habían sido mis antiguos jefes, con la única música de las olas y la libertad

David Peña Pardo ©

jueves, 14 de mayo de 2015

Una noche de jazz


La copa seguía sobre la barra, con la oliva sobreviviente cómo única testigo del Martini. Lo había servido una sensual camarera, de piel clara con algunas pecas aquí y allí, pelo cobrizo que le llegaba hasta los hombros, ligeramente ondulado, y un misterioso vestido negro, ceñido al cuerpo, acompañado de un collar de perlas, seguramente de imitación. Aunque ese pequeño detalle no lo tendremos en cuenta para describir su belleza. El local hoy estaba especialmente lleno. La marea del humo de los cigarros y puros llegaba a la barra, y los cocktels, cervezas y vinos imitaban a los botes amarrados en un pueblo de costa, por ejemplo de Galicia, bajando y subiendo según entra y sale el océano, a capricho de los juegos de la Luna y el Mar. Sonaba Jazz, cómo siempre. Las charlas eran muy animadas y los grupos parecían que se lo estaban pasando muy bien. Algunos, los pocos, iban con traje, imitando a los clubs de los años veinte, de Chicago, pero lo cierto es que la mayoría vestían de calle o sport o casual, según se estilaba en el argot de los centros comerciales de éste loco siglo veinte, que ya daba sus últimos coletazos. Diego, o cómo lo llamaban sus amigos, Dick, se encontraba sentado en una de las esquinas del local. Dónde aún quedaban los sofás que hicieron famoso al Billy's, cuando lo abrieron en los años sesenta. Muy cómodos, aunque para gusto del autor un poco chillones y pasados de moda. Le acompañaba un Tequila Sonrise y una morena, con el pelo larguísimo , los ojos castaños, y un mensaje en la cara que decía: no te acerques, no me mires. Ella sólo fumaba. Mientras miraba de lado a nuestro protagonista, y contoneaba ligeramente las caderas, casi de manera imperceptible, mientras sonaba el tema “Blues Walk” de Lou Donaldson.

- No me gustan que hagas planes sin mi. - Le decía ella, con voz suave pero firme.

Sin responder, Dick cogió una pequeña caja metálica de su abrigo, y sacó un cigarrillo largo. Al instante cogió una cerilla y lo encendió. Después de pasar unos segundos, y unas lentas caladas. Le respondió.

- Esto es arriesgado nena, no es lo siempre.

Y al decir esto dio un sorbo a su tequila. 

David Peña Pardo ©

martes, 28 de abril de 2015

Monstruos (primera parte)

La bruma acechaba entre los árboles decrépitos de aquel decadente bosque. La oscuridad había vencido a la luz en su batalla. El frondoso paisaje de copas retorcidas no dejaba pasar apenas un rayo de sol. A pesar de ello había vida allí, por llamarla de alguna manera. De repente, de entre la niebla que cubría el suelo, sobre el oscuro musgo, surgió un cuerpo. Se trataba de un niño, cubierto por hojas muertas y ramas secas. Abrió los ojos. Intento incorporarse, pero el terror le impedía moverse. La brisa empezó a soplar en ese tétrico paraje. El chico giró levemente la cabeza hacia atrás. Mientras el bello se le erizaba, lo vio. Se trataba de un personaje en harapos, alto como una montaña, los brazos muy largos, con unas manos gigantes. El rostro hacía mérito al resto del cuerpo. Con una nariz deforme, las cuencas de los ojos vacías, la piel arrugada hasta el infinito y una boca, donde se asomaban unos colmillos, parecidos a los de un jabalí. Sus extremidades volvieron en si y volvió a tomar el mando de su cuerpo, tras el espanto. El monstruo, porque sin suda se trataba de un monstruo, corrió hacia él, dando grandes zancadas. El niño, asustado, trató de correr, se resbaló, en un principio, pero logró incorporarse. Corrió con todos sus fuerzas, su alma le decía que se estaba jugando la vida. Era inútil, en apenas unos segundos lo tenía casi en su cogote. El gigante alargó el brazo, justo sus manos mugrientas y sucias iban a tocar la capucha de la sudadera del chico, cuando éste desapareció.

Pol se levantó de un grito. Una mano cálida le tocó la frente.

- Cariño, estás casi a cuarenta de fiebre, llamaré al médico. Descansa. Le dijo su madre, que se encontraba en una mecedora junto a él.

Trató con todas sus fuerzas de no volver a dormirse, pero la somnolencia causada por su estado se lo impedía, los párpados se le cerraban, poco a poco, se iba introduciendo en otro mundo, pesado, onírico, peligroso, malvado.

- Un vaso de agua, mamá, tengo mucha calor.

Su madre marchó a la cocina y volvió con una jarra de agua y un vaso. Llenó el vaso y se lo ofreció. Pol tenía la cara ardiendo, parecía que un incendio la estaba abrasando, las gotas de sudor se precipitaban a la almohada desde su frente. Se incorporó levemente con la ayuda del brazo de su progenitora y bebió un poco.

Al volver a tumbarse le dio la impresión que se adentraba en las tinieblas, caía, más y más, hasta que volvió a resurgir de entre las hojas, pero ésta vez justo en medio de una pequeña isla de río, rodeada por una corriente furiosa y envalentonada. Se vio atrapado, durante un buen rato miró la forma de salir de allí. Alzó la vista, observó lo que parecían ser unas lianas que cruzaban las dos orillas por el aire, sobre la minúscula isla. Trató de saltar con todas sus fuerzas pero todavía le quedaba mucha distancia para poder alcanzarlas. Amontonó algunos cantos rodados, intentando crear una especie de montículo, para así acortar las distancias. Se le quedaron las manos frías de cogerlos, el viento soplaba con más fuerza y comenzó a tiritar. Tenía las mangas de la sudadera mojadas y el frío le estaba calando los huesos. Se alzó sobre el montón de piedras, probó a saltar de nuevo, a duras penas consiguió agarrase a unas de las lianas, a la vez que el montículo se deshacía baja sus pies. Una vez sujeto, fue moviendo los brazos sobre la cuerda que le había brindado ése extraño paraje. Parecía que todo iba bien. A la mitad del recorrido entre la isla y el linde del bosque, oyó un ligero crujido y la liana se partió. Se precipitó sin remedio sobre el agua, a merced de sus bravas corrientes. Movió los brazos de forma brutal para salvar su vida sin éxito. El rió le engullía y no podía hacer nada para remediarlo. ( Continuará)

David Peña Pardo ©

sábado, 28 de marzo de 2015

El escritor

A Julio Cortázar

Aparece el cadáver del escritor, en el quinto piso del edificio, que da a la calle Solentiname. Iniciamos las pesquisas del caso. Tiene la cabeza sobre la mesa. El cuerpo caído sobre la silla. El lápiz aún en su mano derecha. Si levantamos su cabeza veremos un cuaderno. La sangre le sale de manera lenta, pero sin pausa, del orificio trasero del craneo. La bala, seguramente, sigue ahí dentro. En la mano izquierda vemos que agarraba, ahora ya no, una goma de borrar. La última hoja del cuaderno repleta de líneas de texto, con algunos dibujos incomprensibles a los bordes. Leemos las últimas líneas.

El asesino entra en el cuarto de la víctima, en silencio. El hombre está escribiendo. Mientras un cigarro se muere de forma agónica en el cenicero de cristal. La Remington ya se encuentra en la mano del asaltante. Justo en ese momento la víctima alarga el brazo izquierdo, para recoger una goma de borrar.

Un disparo certero. Punto final.

David Peña Pardo ©

miércoles, 25 de marzo de 2015

Comida rápida

Ya no recordaba la veces que había dejado de fumar, lo había probado todo, desde hipnosis, pasando por parches y pastillas, hasta cigarros electrónicos. Sin ningún resultado, siempre volvía al país de la nicotina, los dedos de la manos y los dientes amarillos, la molesta tos de todas la noches, los nervios  La televisión ya no daba nada interesante, Eva se había ido a su estudio, me había quedado solo en el salón, esperando que llamase el pizzero que tenía que venir con nuestro pedido. El ascensor llevaba varios días averiado, por lo que bajé por las escaleras.Cuando descendía, cual bailarín de claqué, por los escalones de éste edificio ocupado de obreros desclasados, que opinaban ser superiores al resto de su clase, por estar cerca del redil de su amado jefe, en oficinas deshumanizadas, grises y penosas, pero que les permitía disfrutar de un fantástico parking. Herramienta ideal para aislarse de las miradas inquisidoras, de esos perdedores transeuntes, que padecían las aglomeraciones del transporte público. Mientras pensaba todo estas cosas, me vino un olor a pepperoni, justo en la planta inferior, mezclado con un dulce sabor a queso, que inundaba mis papilas gustativas. Me decía a mi mismo, ¡Qué coincidencia! ¡Otro que ha pedido pizza!

Justo llegué al portal, y abrigado por una ligera chaqueta azul marino y una braga del mismo color, me puse a esperar. Pasaron varias motocicletas pero ninguna era la que yo esperaba. Cuando llevaba ya un rato esperando, se me acercó una chica, creo que de mi edad y me dijo, ¿Oye? ¿Han puesto un guarda de seguridad en éste edificio? Pues no, que yo sepa no, le contesté. En ese momento no di importancia al comentario. Justo me giré, miré al espejo, y vi ante mi a un tipo no muy alto, abrigado justo con la misma pinta que los guardas jurado, esos que se pasan todo el partido de fútbol, de espaldas al campo, mirando al infinito. Y pensé ¡Claro!

Ya había pasado una hora, o al menos eso pensaba yo. Motocicletas no vi ninguna, pero eso esí, fumadores, por todos los rincones, se ve que había un congreso o algo por el estilo. Justo las manos empezaron a temblar y entonces fue cuando me dije, machote vamos a casa, que el pizzero ha pasado de ti. Abrí la puerta y ella estaba en el sofá, se me quedo mirando atónita, ¿Y la comida?, dijo con sorna. Finalmente cenamos unos fideos preparados, que llevaban semanas esperando su oportunidad igual que un francotirador serbio aguarda a sus víctimas. Me fuí a la cama. Soñé con una pizza familiar de pepperoni, acompañada de un queso parmesano exquisito, lo extraño es que no me la comía yo, si no una cara familiar que se reía frente a mi espejo.

David Peña Pardo ©

martes, 17 de marzo de 2015

Otro tren

El autobús iba repleto. Tuve mucha suerte de poder sentarme al final, junto a una mujer gorda, que usaba una colonia muy fuerte y desagradable. El movimiento del vehículo, el alboroto de las conversaciones subidas de tono, y el olor a humanidad estaba haciendo que me marease. Deseaba llegar a mi parada lo antes posible. Al llegar a la Plaza Central. Justo delante del Gran Teatro. Me pude bajar. Comencé a caminar a paso ligero hacia la estación de los ferrocarriles. Cogí el tren de la línea que se dirigía a la Universidad Central. Me gustaba coger ése tren porque siempre estaba repleto de chicas jóvenes y guapas, acompañadas de su carpetas y cachivaches electrónicos. Yo no pude ir a la universidad ni vivir el ambiente de ésta, así que era un consuelo de perdedor poder disfrutar de ese momento diario.

No me di cuenta, en un primer momento, pero justo me senté, vi a la preciosidad que tenía delante. Una chica con el pelo castaño, largo, levemente ondulado. Llevaba un aspecto desaliñado, de hecho tenía el pantalón manchado. No creo que tuviese más de veinte o veinte y pocos años. Su indumentaria se completaba con unas botas de montaña, y un jersey naranja, algo chillón, que tenía un ligero escote. Ella no me miro, pero yo a ella sí. Tenía una expresión facial muy agradable. Sus ojos eran marrones. Mientras pensaba en todo ello, ella revisaba su móvil, seguramente escribiendo alguna cosa en twitter o Facebook, o enviando algún mensaje a alguna amiga. Intentaba hacerme el dormido, para no mirarla tanto y que ella se diese cuenta.

Justo cuando faltaba poco para llegar a mi parada, y así por fin, caminar cinco minutos y llegar a mi destino. Pasó algo que no me esperaba. Cómo dije antes me hacía el dormido, y justo cuando abrí los ojos, ella me estaba mirando fijamente, y entonces me dijo:

-¿Qué?

Yo no sabía que responder. De hecho nunca me había pasado algo así. Por suerte para mí, fui salvado por la campana, ya que justo en ese momento llegaba el tren a mi estación. Y ruborizado y con una gran vergüenza bajé del tren, pensando en que tendría que coger otro tren diferente al día siguiente.

David Peña Pardo ©

miércoles, 9 de julio de 2014

Aniversario



Los sonidos entraban con un ritmo pausado en los oídos de Clara. Chet Baker seducía sus tímpanos y la transportaba a otros lugares, perdidos en el tiempo. El piano negro de cola estaba ubicado en mitad de la gran sala, los camareros con pajarita llevaban los cocktels a las mesas. La pequeña orquesta tocaba un tema ligero. Llevaban varias horas allí. Una leve brisa entraba por las puertas que daban a la terraza del hotel. Una noche de verano cualquiera. Juan vestía un traje que parecía hecho a medida para sus enormes hombros. Si alguna vez se le había pasado por la cabeza que sería para ella la humbría, él la representaba sin dudas. Alto, con un pelo negrísimo, más oscuro que una noche sin luna. Su voz, le transmitía serenidad y temple. Fumaba de forma pausada y casí al rítmo de la notas de la música. Se habían conocido en una vieja librería en el Mercats dels Encants. La literatura rusa era su perdición. Por entonces no estaba bien vista. Qué los dos alargasen el brazo para coger el mismo tomo de Guerra y Paz, sin duda fue cosa del destino. Se trataba de un viejo ejemplar de principios de siglo veinte. Con el lomo y las tapas de color rojizo. Destacaba sobre el resto de libros. Ambos se quedaron parados y un poco avergonzados. Las cosas ahora no son como antes. La juventud cumple con la máxima del carpe diem y no se preocupan de los mandamientos de una sociedad encorsetada en viejas costumbres.  Soltó ¡Qué vergüenza! Mientras el caballero fornido que tenía junto a ella, cogía con sus fuertes manos el volumen en disputa y se lo entregaba. 

- Lo he leído varias veces. Siempre lo leo en verano. Las nieves de Rusia son geniales en éste tórrido agosto.

A partir de entonces compartieron algunos paseos por las Ramblas o visitas a mercados de libros del viejo o , más tarde, visitas a  hoteles, donde por difícil que pareciese por aquel entonces,  tenían pequeños bares restaurante con orquestas.  La noche era nuestra, pensaba.  

Al igual que el papel se vuelve amarillo con el tiempo, el color de su piel se fue arrugando, el cabello le quedó blanquecino cómo la estepa siberiana y él se fue. 

Hoy es su aniversario. Quizás no está en un hotel, no suena esa fabulosa música de negros americanos en sus oídos, y todo es fruto de su imaginación. Quizás los camareros no llevan pajarita, y son sólo celadores de un viejo geriátrico. Pero en su mesita sigue teniendo el mismo libro, porque hace mucha calor y no hay nada mejor que las nieves de Rusia para éste caluroso verano.

David Peña Pardo ©
Julio de 2014

viernes, 12 de julio de 2013

Paradas de metro

Presentado al último concurso de TMB de relatos cortos, para la diada de Sant Jordi de 2013. Las prisas no me dejaron pulirlo y arreglar algunos fallos sintácticos. Ahora ya se puede decir que está acabado. Gracias a mis críticos Belinda, Feli y en especial mi tocayo David, por sus comentarios siempre constructivos.

Paradas de metro


Ellas marcaron mi vida. En la línea roja, la uno, la primera, en ella estaban la mayoría de ellas. En la de mi barrio quedábamos para ir al centro. Casi no teníamos un duro, pero siempre conseguíamos algunas tarjetas o billetes o monedas para comprarnos tarjetas o billetes. Una vez estábamos todos, en el andén comentábamos la jugada, lo que nos había pasado la noche anterior o bien durante la mañana del mismo día. Él, ya venía por nuestra izquierda, no como en otras ciudades que venía, extrañamente, por la derecha. Al subirnos al vagón, por la hora que era, no había mucha gente. Y siempre teníamos la posibilidad de sentarnos, aunque nunca lo hacíamos. Pronto llegábamos al centro, la plaza, las ramblas, mi parada favorita. Al salir, aunque todavía era muy temprano, ya había grupos de gente o gente sola esperando a otra gente. Una vez fuera, ya sabíamos que recorrido íbamos hacer, primero las tiendas de discos que había girando a la derecha. Viejos locales, con también viejos discos en sus aparadores. Horas más tarde, con nuestros tesoros de vinilo bien asegurados en sus recipientes de plástico, marchábamos otra vez de vuelta a la parada. Una vez dentro, cómo cada tarde, estaban ellos. No faltaba ninguno. El batería, los guitarras, el bajo y el cantante. El grupo tocaba todos los días cómo aquel desde hacía tiempo. Nos posicionábamos debidamente, alrededor de ellos, y nos dejábamos llevar por la música. Tocaban temas de siempre. Pero verlos en directo era una sensación genial. El tiempo, cuando lo disfrutas, pasa rápido. Ahora nos tocaba bajar al anden. Mientras esperábamos revisábamos las portadas y las letras de las canciones de nuestros discos o por los menos lo hacíamos con los de los demás si no habíamos adquirido ninguno, bien por no encontrar ninguno interesante o bien por no llevar un chavo encima. Siempre había algún conocido que nos encontrábamos entre el barullo de los que esperábamos, que nos decía: Qué música rara. La vuelta era quizás lo que menos nos gustaba. Se acababa la aventura. Cuando faltaba poco para llegar, unas cuentas paradas antes. Salíamos del túnel y, al fondo, se divisaban los edificios de nuestro barrio, iluminados por las estrellas.  

David Peña Pardo  ©
(2013)

miércoles, 13 de marzo de 2013

Conociendo al pibe S. (Extracto)

Señor P, tengo música nueva para usted, me decía S. , le tengo que enseñar nuevo meterial, que se ha quedado muy desfasado, esa música de finales de los ochenta y de los noventa quedó muy anticuada. Mirá, me seguía diciendo, ese personaje de más de metro ochenta de altura, vestido de negro, y con cada vez menos pelaje en la cabeza, te paso música actual, aquí tenés Rage, este grupo es genial, son alemanes, los vi varias veces, son muy buenos. Y aquí otros grupos, no sé si estás preparado, tenés que educar el oído. Yo mientras tanto seguía pensando en mi música antigua pero estupenda, de viejos casi jubilados, que tanto me gustaba. La dama de hierro y los metaleros de california me seguían poniendo los pelos de punta, por mucho que dijese S. que son unos carcas, entonces me decía a mi mismo, y un carajo.
 
Escuchar la música de S. en los auriculares de mi reproductor, me acompañaba en los viajes en transporte público en la ciudad de B. Es increíble, pero a pesar de llevar el volumen al máximo, y ser música contundente, me ayudaba a leer en el metro y el ferrocarril. Cosa que incluso a mi me sorprendía. Leer poesía soviética y alemana con música metalera en mis oídos se había convertido en una costumbre. Lo ves pibe, la buena música, me decía,se escucha en cualquier situación y lugar.

 
 
 

lunes, 11 de junio de 2012

Chirridos



El ruido venía desde el cobertizo, todos los aparatos emitían sus chirridos y pitidos, sus malsonantes canciones de cuna, sus repetitivas exclamaciones, era insoportable. A pesar de eso, Tori tenía que estar allí, como cada día, cuidando que todos aquellos seres tuviesen sus dosis de corriente eléctrica, sus revisiones, su mantenimiento cotidiano. Llevaba muchos años en aquel lugar, llegó allí por casualidad, ya no recordaba ni como. Era una noche más, cómo tantas otras que había pasado de guardia. Pasaron las horas, como minúsculos granos en un antiguo reloj de arena, lentamente, pero de manera implacable. De repente, oyó un ruido, extrañamente, entre el escándolo general, quizás un crujido en la madera roída por la carcoma. No le dio más importancia. Apenas unos pocos minutos más tarde,volvió a sonar un sonido, apenas perceptible por el oído, como el de un pequeño roedor. Entonces se levantó de la silla que ocupaba junto a la entrada. Poco a poco fue revisando todos los recovecos del espacio, buscando indicios del causante del malestar que no le dejaba relajarse. Miró tras las máquinas, debajo de los artilugios anticuados, incluso abrió algún mueble, pensando que éste daría cobijo al vil invasor de su tranquilidad. Cuando menos se lo esperaba, escuchó otro golpe, ésta vez más fuerte. Provenía del tejado. Años atrás, y por falta de espacio, le construyeron una pequeña choza justo encima de su cabeza, por si algún día tenía que usarlo para albergar más cachibaches ruidosos en él. Una vieja escalera de madera conducía a él. Se dispuso a subir los escalones, y con fuerza abrió el portón que daba a dicha estancia. Una vez en ella, el sonido se volvía más claro. Ahora más nítido, distinguía la agonía de un pequeño animal, quizás un ratón o una rata. Hacía tanto tiempo que no subía, que no recordaba donde estaba el interruptor de la luz. El ruido cada vez era más agónico, de dolor. Comenzó a palpar las paredes, en busca de la llave que le esclarecería el misterio. Entonces, un grito horrible le dio un vuelco al corazón, y tras éste, el absoluto silencio. Por suerte, había encontrado el botón, y pudo dar la luz. Delante de sus ojos vio a un pequeño animal de campo, pero no como se imaginaba. Se encontraba todo su cuerpo dentro de un capullo blanco, como el de un gusano de seda. El pobre animal tenía la boca desencajada, y de ella salía un liquido con un color más cercano al negro que al rojo de la sangre común. Le empezaron a entrar nauseas. Se acercó un poco mas al pequeño ser ya difunto. Viéndolo más de cerca, se dio cuenta que tenía partes desgarradas. Y el olor era nauseabundo. El vómito le llegó sin avisar, se tuvo que apoyar en una de las paredes. Mientras intentaba calmarse y sosegarse, vio una sombra en la pared, redonda, acompañada de lo que parecían ser varias extremidades. Sin apenas tiempo a girarse sintió un golpe seco en su espalda, y después una incisión profunda. Quedo paralizado, sin poder apenas respirar. El ser que le había hecho eso, empezó a acercarse, comenzó a notar unos pelos húmedos en su nuca, en su cuero cabelludo, eran pegajosos. Intentó gritar para pedir ayuda, era inútil. Aunque alguien pasase por ahí el ruido de la sala de abajo hacía el intento en inútil. La noche estaba fría fuera, había luna llena, y los lobos, ausentes durante tiempos inmemorables en los bosques de aquella zona, volvieron a aullar como seguramente nunca lo habían hecho.

David Peña Pardo ©
11/06/2012

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Primer recuerdo recordado

*

Entre los desechos de mi memoria,

esta el desorden de los segundos

que pasé junto a ti.


La música de los sentidos me

engaña,

mintiéndome sobre un pasado mejor

que nunca existió.


Escudriñando los sesos de mi cadáver

no logro encontrar mi más deseado tesoro,

más sólo hayo polvo.


Tu pelo y tus ojos gravados en mi retina,

tal yacimiento escondido,

estampan en mi frente los momentos perdidos.


El deseo de volver a la inocencia y al estío,

se enfrentan al pasar del tiempo,

y al lago oscuro de mi vida.


Y al final,

sólo al final,

te encuentro.


David Peña Pardo
23/11/2011

lunes, 19 de septiembre de 2011

Último relato en un instante

Ahí estaba como cada día, sentada en la mesa de siempre, con los libros y el batido de fresa, junto con su ipod. ¿Qué música estaría escuchando? Cada día estaba más guapa. Su piel de melocotón se doraba con el sol de mediodía. Sus cabellos rubios rizados me evocaban sucios placeres. El escote de su blusa hacía volar mi imaginación hacia lugares cálidos, prohibidos. En días como hoy, de primavera, su falda corta, dejaba ver sus preciosas piernas, recordándome que pecados podríamos producir si los dos nos uniésemos en uno sólo en cualquier habitación de este hermoso hotel. La lástima es que los movimientos del destino nos separaron por las brechas del tiempo, la lástima es que yo tenga cuarenta y ella sólo dieciséis.

David Peña Pardo
Bajo licencia Creative Commons

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Más relatos en un instante

Os dejo aquí los dos últimos relatos que envié al concurso. El primero "Pastitas" lo he abreviado para enviarlo al concurso, pero aquí os dejo el original, que es más extenso. El segundo "Ella" está a caballo entre la ciencia ficción y la parodia. Con los dos me he divertido y reido mucho escribiéndolos, espero que vosotros disfrutéis de ellos leyéndolos.

Pastitas

Me encanta venir a este hotel por dos motivos, el primero porque sirven junto al café unas pastitas excelentes y el segundo porque, a pesar de tener terraza, no se permite fumar. Yo hace tiempo fumaba, ¿Te lo dije? Sí, fumaba, pero ya no. Ya están aquí las pastitas. Pues como te iba diciendo, fumaba. Umm, qué ricas que están, ¿verdad? Lo cierto es que la gente no sé como todavía, con lo caro que está el tabaco, y que no dejan fumar en ninguna parte, sigue fumando. ¿Esa pastita que queda te la vas a comer? ¿No? ¡Qué bien! Pues yo lo llevo muy bien, ya no recuerdo ni el tiempo que hace que no fumo. ¿Pedimos otro café? Así nos traeran más pastitas. Además, ahora no se puede fumar en ninguna parte, los fumadores están como apestados, ¿Te has dado cuenta? Me dan lástima. Mira, ya han llegado las pastitas. Bueno, lo único, es que desde que dejé de fumar, no sé si te has dado cuenta, no paro de comer.

David Peña Pardo
Bajo licencia Creative Commons

Ella

Es una máquina no lo olvides. Siempre me lo repite la gente. Pero yo la amo, que le voy hacer. Si me atrapan sus grandes ojos verdes última gama. Sus pechos 3.0 de última generación, con un tacto suave y además perfumados, acaso puedo pedir más. Y si tengo que hablar de su trasero, de su entrepierna, con las últimas tecnologías en sensación táctil, me derrito. Sus piernas de titanio, sus dedos de cirinio, sus uñas de telurio, jamas ningún dios creo tal obra maestra semejante. Y su boca, que puedo decir de su boca, que si hablase de ella tendría que escribir una oda entera. Sí, es verdad, es una máquina, todo el mundo me lo dice, pero yo la quiero.

David Peña Pardo
Bajo licencia Creative Commons

martes, 13 de septiembre de 2011

Relatos en un instante

A raiz de la participación en un consurso de relatos breves (menos de 150 letras), os voy a mostrar los que voy enviando, a ver que os parecen. Ya os digo que la mayoría están escritos en apenas unos minutos. Quizás podría dedicarme más tiempo a ellos, pero creo que de esa manera perderían la gracia. Aquí os dejo el primero:

Muerte en el bajo B

El olor nauseabundo llegaba a todo el vecindario. La policía lo encontró tirado en el patio interior del bajo B.

- A todo el mundo le caía mal, la verdad. De eso hablaban las vecinas en el portal. Desde que le dejó la mujer no volvió a ser el mismo, y encima se llevó a sus hijos, pobre. Decían.

- Es un suicidio en toda regla. Comentaba el policía al inspector.

- Pues hacía meses que no lo veía, ni siquiera me había dado cuenta de su ausencia, le decía el portero a otros vecinos.

- Está reventado, ¡anda que tirarse de un noveno desde el balcón del lavadero!, está todo salpicado de sangre. Seguía diciendo el policia.

- ¿Y se había divorciado? Qué pena. Tantos meses solo. El marujeo continuaba.

- ¿Y usted que opina inspector? La muerte es una putada, pero la soledad es peor.

David Peña Pardo
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martes, 23 de agosto de 2011

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos


En Italia, concretamente en Cerdeña, nació allá por el año 1908 uno de los escritores más impresionantes que ha parido Europa, su nombre Cesare Pavese. Aunque también cultivó la prosa, su obra de poesía para mi es inmensa, aquí os dejo un par de sus poemas más conocidos e importantes:




Vendrá la muerte y tendrá tus ojos

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos

esta muerte que nos acompaña
desde el alba a la noche, insomne,
sorda, como un viejo remordimiento
o un absurdo defecto. Tus ojos
serán una palabra vana,
un grito callado, un silencio.
Así los ves cada mañana
cuando sola te inclinas ante el espejo.
Oh, amada esperanza,
aquel día sabremos, también,
que eres la vida y eres la nada.

Para todos tiene la muerte una mirada.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como dejar un vicio,
como ver en el espejo asomar un rostro muerto,
como escuchar un labio ya cerrado.
Mudos, descenderemos al abismo.


Creación

Estoy vivo y he sorprendido las estrellas en el alba.
Mi compañera continúa durmiendo y lo ignora.
Mis compañeros duermen todos. La clara jornada
se me revela más limpia que los rostros aletargados.

A distancia, pasa un viejo, camino del trabajo
o a gozar la mañana. No somos distintos,
idéntica claridad respiramos los dos
y fumamos tranquilos para engañar el hambre.
También el cuerpo del viejo debería ser sano
y vibrante -ante la mañana, debería estar desnudo.

Esta mañana la vida se desliza por el agua
y el sol: alrededor está el fulgor del agua
siempre joven; los cuerpos de todos quedarán al
descubierto.
Estarán el sol radiante y la rudeza del mar abierto
y la tosca fatiga que debilita bajo el sol,
y la inmovilidad. Estará la compañera
-un secreto de cuerpos. Cada cual hará sentir su
voz.
No hay voz que quiebre el silencio del agua
bajo el alba. Y ni siquiera nada que se estremezca
bajo el cielo. Sólo una tibieza que diluye las estrellas.
Estremece sentir la mañana que vibre,
virgen, como si nadie estuviese despierto.








sábado, 4 de junio de 2011

Escritos de instituto (I)

Tan inmensamente vital y doloroso es el amor, que llena nuestras vidas de momentos de tristeza y penuria y, algunos pocos instantes de pasión y ternura.

La historia que ahora os contaré contiene un poco de todo esto. Nuestras vidas son tan sencillas y humildes que, tales relatos sólo suceden de vez en cuando, muy de vez en cuando. Probablemente si un día la providencia nos pone su mano en el hombro y nos dice: Mira, has sido tu el elegido. Nos levantaremos sudorosos lamentando que todo aquello sólo haya sido un sueño.

Él, minúsculo entre los hombres, ínfimo animal racional entre bárbaros y déspotas. Se levanta al salir el sol, pensando en el porqué de todo lo que sucede y acontece, y tantas preguntas más, que ni el propio Sócrates se plantearía. Al anochecer llega a su casa, se tumba en la cama y observa a través de su ventana, como las nubes y la luna juegan a esquivar las antenas de los edificios de su joven barriada. Y, otra vez, se vuelve a cuestionar su nacer y existencia y el porqué de todo su sufrimiento, hasta llegar a dormirse, entonces aparca todas sus ansiedades hasta el despertar de la siguiente mañana.

Nuestro hombre se podría decir que es un poco solitario e intenta disminuir su soledad leyendo un poco de lo que le pasa a otras personas, a otros personajes, reales o ficticios, eso acaso importa, que más da escuchar a Romeo declarándose a Julieta, u observar como Marianela corre por las montañas fiándose de su instinto. La vida depara tantas sorpresas que nos sorprende abriéndonos el corazón y dándonos una última oportunidad, un último aliento, que al encontrarnos con él, nos olvidamos de ya pesadas penas y rencores. Él esto lo sabía y esperaba, tranquilamente, agotando poco a poco cada gota de su vida.

El día se levantó radiante, el sol lucía esplendoroso en su apogeo, había llegado el momento. Nuestro personaje se viste con sus mejores vestiduras, peinándose y arreglándose el dobladillo del pantalón, suspirando por su futuro. Sale a la calle y comienza a caminar, ¿para dónde?, no lo sabía, ciertamente él sólo quería andar, sabía que hoy era el día, que hoy la encontraría. De repente algo le detuvo y le dejó petrificado. Era ella, la tenía delante, era la mujer más bella que había visto en su vida, sus ojos oceánicos, claros y celestes, le alumbraban todo el rostro, y sus cabellos, ¡ay!, sus cabellos, arraigados en la primavera, llenos de frescura, vivos y rebeldes, evocadores de pasión y desenfreno. Cupido cumplió tan bien su tarea, que los dos quedaron prendidos. Se creó un mundo entre ellos, paraje mágico y celestial, lleno de buenos momentos, pleno de claras vivencias, fugitivo del dolor, esquivador de tanta pena.

Pasaron lunas y ceremonias y el amor, tan puro como era, terminó matándolos a los dos, como si Dios, ya tan harto de tanta perfección, decidiese terminar, por envida, con esa viva relación.

Y, al fín, los dos juntos, al borde del abismo, esperando y aguardando sus fatal destino, agarrados de la mano, suspirando por todo lo pasado.

David Peña Pardo. (Año 1999)

Bajo licencia Creative Commons


lunes, 18 de abril de 2011

Y entonces llegas tú

La poesía es algo que todos llevamos dentro, quizás sin saberlo, la tenemos ahí, cobijada en lo más oscuro de uno mismo, agazapada entre los resquicios pequeños e ínfimos de nuestro pensamiento. Esperando una oportunidad para salir fuera, ver la luz, abrazar el calor de la primavera, escapar con fuerza, como el preso que ha pasado muchos días en una lúgubre celda de aislamiento, y que por fin consigue salir, y volver a ver el sol.


En lo más profundo de la noche solitaria, ruge contra los elementos que la intentan medrar, cual huracán. Súbitamente escapa de las garras del tedio cotidiano, asesino cruel de la esperanza.

Y entonces llegas tú, le das vida, como ave fénix, y surge de sus cenizas, abandonando las cadenas de la monotonía cruel.
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