David Peña Pardo ©
11/06/2012
*
Entre los desechos de mi memoria,
esta el desorden de los segundos
que pasé junto a ti.
La música de los sentidos me
engaña,
mintiéndome sobre un pasado mejor
que nunca existió.
Escudriñando los sesos de mi cadáver
no logro encontrar mi más deseado tesoro,
más sólo hayo polvo.
Tu pelo y tus ojos gravados en mi retina,
tal yacimiento escondido,
estampan en mi frente los momentos perdidos.
El deseo de volver a la inocencia y al estío,
se enfrentan al pasar del tiempo,
y al lago oscuro de mi vida.
Y al final,
sólo al final,
te encuentro.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
esta muerte que nos acompaña
desde el alba a la noche, insomne,
sorda, como un viejo remordimiento
o un absurdo defecto. Tus ojos
serán una palabra vana,
un grito callado, un silencio.
Así los ves cada mañana
cuando sola te inclinas ante el espejo.
Oh, amada esperanza,
aquel día sabremos, también,
que eres la vida y eres la nada.
Para todos tiene la muerte una mirada.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como dejar un vicio,
como ver en el espejo asomar un rostro muerto,
como escuchar un labio ya cerrado.
Mudos, descenderemos al abismo.
Creación
Estoy vivo y he sorprendido las estrellas en el alba.
Mi compañera continúa durmiendo y lo ignora.
Mis compañeros duermen todos. La clara jornada
se me revela más limpia que los rostros aletargados.
A distancia, pasa un viejo, camino del trabajo
o a gozar la mañana. No somos distintos,
idéntica claridad respiramos los dos
y fumamos tranquilos para engañar el hambre.
También el cuerpo del viejo debería ser sano
y vibrante -ante la mañana, debería estar desnudo.
Esta mañana la vida se desliza por el agua
y el sol: alrededor está el fulgor del agua
siempre joven; los cuerpos de todos quedarán al
descubierto.
Estarán el sol radiante y la rudeza del mar abierto
y la tosca fatiga que debilita bajo el sol,
y la inmovilidad. Estará la compañera
-un secreto de cuerpos. Cada cual hará sentir su
voz.
No hay voz que quiebre el silencio del agua
bajo el alba. Y ni siquiera nada que se estremezca
bajo el cielo. Sólo una tibieza que diluye las estrellas.
Estremece sentir la mañana que vibre,
virgen, como si nadie estuviese despierto.
La historia que ahora os contaré contiene un poco de todo esto. Nuestras vidas son tan sencillas y humildes que, tales relatos sólo suceden de vez en cuando, muy de vez en cuando. Probablemente si un día la providencia nos pone su mano en el hombro y nos dice: Mira, has sido tu el elegido. Nos levantaremos sudorosos lamentando que todo aquello sólo haya sido un sueño.
Él, minúsculo entre los hombres, ínfimo animal racional entre bárbaros y déspotas. Se levanta al salir el sol, pensando en el porqué de todo lo que sucede y acontece, y tantas preguntas más, que ni el propio Sócrates se plantearía. Al anochecer llega a su casa, se tumba en la cama y observa a través de su ventana, como las nubes y la luna juegan a esquivar las antenas de los edificios de su joven barriada. Y, otra vez, se vuelve a cuestionar su nacer y existencia y el porqué de todo su sufrimiento, hasta llegar a dormirse, entonces aparca todas sus ansiedades hasta el despertar de la siguiente mañana.
Nuestro hombre se podría decir que es un poco solitario e intenta disminuir su soledad leyendo un poco de lo que le pasa a otras personas, a otros personajes, reales o ficticios, eso acaso importa, que más da escuchar a Romeo declarándose a Julieta, u observar como Marianela corre por las montañas fiándose de su instinto. La vida depara tantas sorpresas que nos sorprende abriéndonos el corazón y dándonos una última oportunidad, un último aliento, que al encontrarnos con él, nos olvidamos de ya pesadas penas y rencores. Él esto lo sabía y esperaba, tranquilamente, agotando poco a poco cada gota de su vida.
El día se levantó radiante, el sol lucía esplendoroso en su apogeo, había llegado el momento. Nuestro personaje se viste con sus mejores vestiduras, peinándose y arreglándose el dobladillo del pantalón, suspirando por su futuro. Sale a la calle y comienza a caminar, ¿para dónde?, no lo sabía, ciertamente él sólo quería andar, sabía que hoy era el día, que hoy la encontraría. De repente algo le detuvo y le dejó petrificado. Era ella, la tenía delante, era la mujer más bella que había visto en su vida, sus ojos oceánicos, claros y celestes, le alumbraban todo el rostro, y sus cabellos, ¡ay!, sus cabellos, arraigados en la primavera, llenos de frescura, vivos y rebeldes, evocadores de pasión y desenfreno. Cupido cumplió tan bien su tarea, que los dos quedaron prendidos. Se creó un mundo entre ellos, paraje mágico y celestial, lleno de buenos momentos, pleno de claras vivencias, fugitivo del dolor, esquivador de tanta pena.
Pasaron lunas y ceremonias y el amor, tan puro como era, terminó matándolos a los dos, como si Dios, ya tan harto de tanta perfección, decidiese terminar, por envida, con esa viva relación.
Y, al fín, los dos juntos, al borde del abismo, esperando y aguardando sus fatal destino, agarrados de la mano, suspirando por todo lo pasado.
David Peña Pardo. (Año 1999)
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